jueves, 8 de noviembre de 2012

LIBERTAD TOTAL 9


9
23 de abril del 2012
Raquel abrió la puerta y entró apresurada en la sala de reuniones sobresaltando a sus compañeros que estaban escuchando totalmente concentrados a su jefe, Luigi. Eran las once y treinta y cinco, la reunión había empezado a las once.
Buenas noches, disculpen el retraso.
Buenas noches, Raquel, acomódese y prosigamos. –Ordenó Fondant, sumamente serio. Jorgina le indicó una silla a su lado.
¿Dónde está Silvia? – Susurró Raquel.
No lo sé, su móvil está apagado o fuera de cobertura – contestó Jorgina, imitando una voz robótica.
Al fin hemos podido interrogar al recepcionista del Hotel Roma. Dice que no se fijó en la cara del hombre que acompañaba a la mujer. Solo tuvo ojos para ella, iba un poco descocada y además fue ella la que le dio la propina. No insistió con la documentación de los dos porque le dijeron que eran matrimonio y que el marido la había olvidado en casa. Esa es su excusa. –Fondant clavó su fría mirada en Raquel. – Sabía que llegarías tarde pero quiero que localicéis a Silvia, ya, ¿qué habéis hecho esta tarde? ¡Quiero informes.!
Jefe, la hemos dejado en casa a las ocho de la tarde, a las ocho treinta tenía que recorrer los hoteles de la rambla. Sofía no tenía nada que hacer hasta la reunión y yo he estado pateando el barrio gótico con Ian. Raquel, ya lo sabe, estaba con su escritor. – Habló Jorgina, apresurada por la imposición de Fondant.
Una luz parpadeante indicó una llamada interior para Luigi Fondant. Respondió, presuroso, pensando que sería de Silvia. Su rostro se demudó en un gesto de rabia. Colgó el teléfono con un golpe seco.
Tenemos otra víctima. En el Hotel Ramblamar, en la rambla. La policía va para allá, les he dicho que te esperen Raquel, no quiero que toquen nada hasta que llegues. Quiero que seas la primera en ver la situación. Llévate a nuestros forenses. Jorgina, tu y Sofia, buscarme a Silvia.
Se pusieron en pie y salieron de la sala a toda prisa. Ver al jefe en ese estado tan imponente les daba un miedo atroz, a ellas, que no sentían temor por nada.
¿Quién era tu acompañante, Sofía? – Pregunto Raquel al tiempo que paraba un taxi.
Mi novio, ya os lo presentaré un día de estos.
¿Cómo que tu novio, desde cuándo tienes novio? – Saltó Jorgina, imperiosa. – No nos habías dicho nada, tramposa.
Es que es muy reciente, chicas, luego os contaré.
¿No es un poco pequeño para ti? – Inquirió Raquel, disimulando la risa.
Ja, ja, ja, pequeño pero matón. Vamos, a trabajar, que el jefe está que echa rayos y truenos. Si no le traemos resultados pronto nos va a castigar con saña, ya le conocéis, es de cuidado. Me pregunto que hará él mientras nosotras pateamos las calles.
Eso nadie lo sabe, Sofía, es un misterio absoluto. Algún día le espiaré. – Dijo Raquel, pensativa.
Ni se te ocurra, se te caería el pelo si se diera cuenta, pero tienes buenos recursos. El día que lo hagas avísame, te ayudaré. – Comentó Jorgina, envalentonada.
Un cordón policial rodeaba el hotel, las luces de la ambulancia que esperaba el cadáver iluminaba parte de la rambla. Los transeúntes, en su mayoría chicas y chicos jóvenes, curioseaban con descaro tras los policías que impedían el paso a la zona. Raquel, seguida de los forenses, corrió escaleras arriba, la habitación estaba en la primera planta. Dos policías la esperaban ante la puerta cerrada.
¡Abran, por favor!
La estancia estaba casi en penumbra, solo la luna iluminaba la cama donde una sábana cubría parcialmente el cuerpo. Entonces la vio y se paró en seco; una deportiva amarilla fluorescente asomaba entre la ropa. La víctima estaba boca abajo, no podía ver su cara porque estaba girada hacia la ventana. Encendió la luz y procurando no alterar cualquier huella se fue acercando al otro lado del lecho. Contempló a Silvia en su último sueño, sus ojos verdes parecían de cristal. Frías gotas de sudor perlaron su frente y un temblor indómito la invadió pero lo cortó con una fría determinación. “Este asesino es mío.”

miércoles, 7 de noviembre de 2012

LIBERTAD TOTAL 8


8
23 de abril del 2012


Raquel llegó al Hotel Meridien media hora antes de su cita con Coleman, quería observar el ambiente donde se movía el escritor. Se instaló en una pequeña mesa al lado de la puerta de entrada, en el bar del hotel. Un grupo de personas estaban celebrando algo, deducía al ver las copas de cava y unos apetitosos aperitivos, los camareros y camareras se mostraban muy solícitos con ellos. Un pianista con el pelo canoso amenizaba con música de Frank Sinatra el local. De pronto, al apartarse un cliente de la barra, le vio, estaba de espaldas, conversando con otro hombre casi tan alto como él pero bastante más delgado. Por los gestos diría que estaban discutiendo, se concentró en leer los labios del que tenía enfrente. Ambos vestían unos trajes impecables. Eran las nueve, se levantó y se acercó a ellos, el interlocutor de Richard se la quedó mirando fijamente, parecía molesto por la interrupción pero al instante su rostro adquirió una expresión seductora mostrando una sonrisa perfecta. Coleman se giró y al verla la cogió del brazo y le cedió su taburete.
Permítame presentarle a mi hermano, Robert.
Bárbara, nice to meet you, – se presentó ante la exagerada reverencia que acompañó un imperceptible beso en su mano.
No se podía negar que eran hermanos, solo sus ojos verdes y su cabello castaño contrastaban con los ojos azules y el pelo más oscuro de Richard.
Richard, no me habías hablado de esta belleza, ¿la tenías escondida, hermanito?
Resulta empalagoso. – Pensaba Bárbara, sonriente, disimulando su hastío.
Bárbara, vamos a cenar querida, tengo mesa reservada en el Set Portes. Nos vemos mañana, Robert. – Se despidió, obviando olímpicamente la pregunta.
Con una leve inclinación de cabeza y sin mediar más palabra, Robert se alejó en dirección a la salida del hotel.
Espero no haber interrumpido nada importante, Richard.
A él quizá si, siempre lo quiere todo para ahora; a mi, por supuesto que no, querida, me ha salvado usted. Algún día le contaré la historia de mi hermanito es dos años menor que yo pero siempre me quiere proteger, ¿no sé de qué?
La curiosidad puede conmigo pero prefiero que me hable de usted y de sus libros.
Siempre está usted muy elegante, Bárbara, su vestido es precioso, me siento muy honrado con su compañía. Le agradezco que aceptara mi invitación.
El honor es mío, Sr. Coleman, – un leve rubor, provocado por el cumplido, calentó sus mejillas – estoy cumpliendo uno de mis sueños, conocerle a usted.
No soy para tanto, ya lo comprobará. ¿Vamos?
En la entrada del hotel les esperaba un cochazo, el conductor sujetaba, con un ademán elegante, la puerta posterior abierta.
No le imaginaba con chofer, pensaba que le gustaba conducir.
No me gusta conducir en las grandes ciudades, es un coche de alquiler.
En el restaurante escogieron una mesa apartada de la entrada, podían ver a todos los que entraban y salían.
¿Qué desea comer, Bárbara, siento no conocer sus gustos.
Voy a mirar la carta – Raquel estaba cada vez más impresionada, la presencia del escritor la imponía demasiado y no estaba acostumbrada a esa sensación. Normalmente era ella la que manejaba las situaciones, sentía que ésta se le escapaba de las manos. – Salmón con verduras al dente estará bien.
Yo tomaré lo mismo, ¿brindamos? – Esta mujer es extraordinaria, ten cuidado Richard, podría robarte el corazón. – Por usted, querida.
Por nosotros, Richard, salud.
¡Bárbara, mire, aquella chica!, ¿no es su amiga? La que iba con usted esta tarde, la rubita pecosa.
Raquel, asombrada, dirigió su mirada hacia donde él le indicaba, a cuatro mesas de ellos estaba Sofía con un chico bastante más bajo que ella, extremadamente delgado, con media melena, unas manos muy finas y una cabeza muy pequeña, lo único que tenía prominente era la nariz. Vestía un pantalón negro, una camisa granate y una americana corta de color marrón. Que raro, ¿quién sería?
No, no lo es, pero se le parece mucho. ¿Cuánto tiempo se va a quedar por aquí?
Unos días, después vuelvo a mi casa en Menorca, estoy deseando escribir mi nueva novela. Por cierto, la invito a visitarme cuando quiera, ¿conoce la isla?
La conozco porque tengo una amiga que vive allí desde hace muchos años. Tenía pensado ir unos días durante mis vacaciones.
Espero que sea pronto, ¿hace mucho que trabaja de azafata? Es usted muy joven.
Cerca de cuatro años, no soy tan joven, tengo treinta años.
Una mujer que confiesa su edad no es muy común.
Bueno, tampoco soy tan vieja, y usted, ¿cuántos tiene?
Unos cuantos más que usted, cuarenta.
Pues ya que somos tan jóvenes, ¿por qué no nos tuteamos, Richard?
Por supuesto, querida, me parece muy bien. Quiero saber más cosas de ti, cuéntame.
Tu primero, por favor, ¿puedo preguntar de que trata tu nuevo libro?
Si me guardas el secreto te lo contaré. Es broma. Veamos, al contrario de los demás que eran una mezcla de historia y sociología, ya sabes; este es de ciencia ficción; me apetecía cambiar de género. ¿Te gusta la ciencia ficción, has leído algo?
Isaac Asimov, Meyer, Un mundo feliz, he leído un poco, si. No me desagrada. ¿Salen extraterrestres?
No, ja, ja, ja, escribo sobre la teoría de cuerdas, otras dimensiones, ¿entiendes?
Si, algo he leído también sobre ese tema, es apasionante. ¿Cómo es tu vida en Menorca, no te aburres? Es una isla muy tranquila, comparada con Mallorca o Ibiza, sobre todo en invierno.
¿Aburrirme? No, es perfecta para un escritor que justamente lo que necesita es paz, como yo. Me levanto antes del amanecer y salgo a la playa, haga frío o calor, para ver la salida del sol. Es un espectáculo grandioso ver como la luz, en un despliegue lento, va poseyendo a la oscuridad. La aparición del sol, inmenso, guiñándome un saludo matinal al cual yo correspondo con mis propios guiños. A veces siento que me habla: Ey, chico, vuelves a estar ahí, esperándome,  puntual. ¿Dónde estabas estos últimos días? Te eché de menos, friend.
Ja, ja, ja, ¿y tú, le contestas?
Si, a veces tengo largas conversaciones con él. Me relaja a la vez que me llena de energía. El mar, cuando está como un espejo, me invita a sumergirme en sus aguas acariciadoras, frescas y hospitalarias; cuando está bravío se limita a golpear mis pies, como diciéndome que calme a ese viento que tanto le molesta.
¡Qué palabras más bonitas, me encanta como describes las cosas, no en vano eres escritor.
Después vuelvo a casa, enchufo la cafetera y me doy una ducha rápida; después de desayunar me siento ante el ordenador y escribo sin parar hasta la hora de comer.
¿Cómo haces para inspirarte? Sé de muchos escritores que se han quedado en blanco, como dicen ellos, que les cuesta encontrar buenas ideas, que se pierden en devaneos. Se desesperan.
Creo que no hay que esperar a las musas, a partir de una idea las palabras salen, solas, no hay que forzarlas, cobran vida propia. Las historias utilizan tus manos para plasmarse en el papel, quieren ser conocidas. Los personajes se adueñan del escritor, sin pedir permiso; una vez los sacas a la luz te desbordan, ya no soy yo, son ellos. No puedo luchar, no se dejan, solo soy un instrumento.
¿Pero te gusta lo que escribes?
No siempre pero la historia te avasalla, los personajes hacen y dicen lo que quieren. No puedo evitarlo. Son más fuertes que yo. A veces he intentado dominarlos cerrando el ordenador de golpe y dándome un tiempo para retomar la narración pero al volver me están esperando aún más ansiosos y con una sonrisa sarcástica vuelven a hacer de las suyas. No me respetan.
Ja, ja, ja, hablas de ellos como si fueran reales.
Es que lo son, querida, lo son.
¡Son las once! Se me ha pasado el tiempo volando. Lo siento, Richard, no puedo llegar demasiado tarde a mi casa.
Pareces una cenicienta, con treinta añitos.
Es que soy muy despistada, me he dejado las llaves sobre la mesa y no quiero despertar a mis padres.
No te preocupes, ahora mismo te llevo. – Entregó su visa oro al camarero y se levantó presto a retirar la silla de Bárbara para que se pusiera en pie, cogiéndole una mano.
Muchas gracias, Richard, ha sido un placer escucharte y la cena ha estado deliciosa. No es necesario que me acompañes, puedo coger un taxi.
Ni hablar, faltaría más. Me encantaría verte mañana, ¿es posible?
Claro, mañana te invito yo a comer. Estaré en tu hotel a la una del mediodía, si no es demasiado tarde para ti.
Me he acostumbrado al horario español, no te inquietes.
La dejó ante un portal de la calle Aribau. Se despidieron con dos besos y un abrazo por parte de ella que sorprendió gratamente a Richard. Raquel hizo ver que llamaba a un timbre del portero automático mientras el coche se alejaba despacio.